Nuestro discurso

No es fácil hablar de patria y de nación. No es fácil definir aquello que habla en lo que llamamos “patria” y “nación”. Nuestras grandes narrativas (históricas, políticas, ideológicas), las que nos han permitido construir identidad y pertenencia, resultan paradójicas cuando tratamos de entender desde dónde se habla, quién nos narra, quién nos ‘otorga’ la palabra y con qué fin; sobre todo, cuando las categorías y conceptos que usamos en nuestra estructuración de mundo ­­–sujeto, justicia, racionalidad, derechos humanos, etc.–, vienen del pensamiento europeo. Ser mexican@ es ser un sujeto colonial, un sujeto de un “3er mundo”, un sujeto subalterno (en términos de la filósofa Spivak); es decir, un sujeto sin voz, y que se manifiesta, entre otras cosas, a través del género o de la raza desde el discurso paternalista y etnocéntrico de Occidente. No es gratuito que, en los movimientos sociales contemporáneos, se evidencie esto en “alza la voz”, “hablo por l@s que ya no tienen voz”, etcétera. El famoso proyecto civilizatorio, aunque en crisis desde hace ya tiempo, sigue presente en el relato de nuestra patria, de nuestra nación; sigue presente en la institución familiar, en la apropiación cultural, en nuestras ideas de inclusión, en el poder, en las problemáticas de género, en la academia, en el racismo y el clasismo, en nuestra romantización de situaciones y conceptos como el amor y el éxito; sigue presente en nuestra voz sin enunciación: nos cuenta un cuento para dormir en donde ser mexican@ signifique algo que no nos exilie del mundo, que valga –sí, en términos capitalistas– algo para este mundo. 

 

Alaciel Molas González

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